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sábado, 8 de mayo de 2010

Gracias por nuestra Madre.

Gracias quiero darte, Dios mío,
por la Madre Universal que nos has dado,
ella nos consuela en el camino,
y guiando va nuestros pasos hacia ti.

Gracias quiero darte, Dios mío,
por todas las madres de la tierra,
aquellas que nutrieron nuestros días,
y que en el dolor más callado se desvelan por sus hijos.

Gracias quiero darte, Dios mío,
por el Amor que las madres de la tierra,
derraman sin medida en nuestros ojos.
Protégelas por donde vayan.

Gracias, Señor, Padre Eterno,
por la Madre Universal que siempre nos acoge;
por las madres que hoy nos acompañan sobre la tierra,
y por aquellas que ya no volverán jamás.

París, 8-5-2010

domingo, 25 de abril de 2010

Presencia

Pasa el río, pasa el tiempo,
las olas y las nubes,
las voces y los vientos,
mas tu palabra quedará.

No son sueños, Señor,
los que alivian mi dolor,
ni oro, ni abundancia:
sino tu presencia cotidiana.

Brilla el sol, brilla la luna,
brilla la noche, brillan las sombras
de complicados laberintos,
pero nada mejor cuando brilla el corazón.

En cada cosa estás Señor,
en cada tiempo, en cada espacio;
en el agua y en el fuego:
mas no te alejas de mí, Padre Eterno.

Amiens 26-2-10

sábado, 3 de abril de 2010

El Mañana

Mañana cuando nazca el día, Señor,
acógenos en tu morada celeste,
lejos del frío y de la noche,
que cruzando vamos hoy por el camino.

Mañana cuando vuelvas, Señor,
recoge nuestros dispersados pasos,
que por fangos y desiertos
perdidos van, buscando tu palabra.

Mañana cuando haya sol, Señor,
que haya también misericordia en tus ojos,
para nosotros, que enceguecidos,
dormimos y andamos por las noches.

Mañana cuando ya no exista el tiempo, Señor,
que sea como lo has dicho,
y las plantas y los ríos sean celestiales,
y tu palabra sea por siempre nuestra vida.

2-4-10
Amiens

viernes, 7 de agosto de 2009

Luz del camino

Tengo este sueño para seguir andando.

No siento dolor, no quiero sentirlo,
ni el sol ni la nieve, en el nublado horizonte.
Unos fortalecen sus brazos, no su corazón,
otros enriquecen sus manos, no su corazón.

Tengo esta Luz para seguir andando.

No siento ni sed ni hambre en el camino,
ni el viento ni la lluvia golpean mi cansado cuerpo.
Entre olivos y peñascos me siento.
Miro el universo, el cielo y las nubes.

Tengo este sueño para seguir andando.

En silencio voy por el sendero ya andado,
y busco mi nombre en el basto laberinto.
Miro las piedras y las ramas,
miro de dónde sopla el viento.

Tengo esta Luz para seguir andando.

Me acerco al centro de la noche,
entre luces sigo la huella de la Luz.
Unos nutren su cuerpo, no su corazón,
otros adornan su cuerpo, no su corazón.

Tengo este sueño para seguir soñando:
Un río, una montaña, un árbol,
para reposar junto a ellos mi viaje.
Marchitados quedan los caminos mal andados,
tristes las huellas mal dejadas.

Tengo esta Luz para alumbrar mi casa,
la tuya, la nuestra, la casa que llevamos dentro.
Desde una piedra abracemos el sueño que tenemos,
desde otra, dejemos que la Luz abrace nuestro cuerpo.

Paris, 28-07-2009



sábado, 13 de junio de 2009

El oro negro (Amazonia en peligro) I

Quien busca el oro, siembra la muerte

Entre árboles y ríos muertos
suena humillada la voz del campesino,
del hombre que vivió,
olvidado entre ramas y ríos.

Quien busca el oro, busca la muerte

Suena la bala mortal
en el pecho del hombre y su miseria.
Herida está la selva
rodeando con su aliento
al cadáver del camino.

Quien busca el oro, siembra le muerte

Suena el río, rumoroso y duro:
es un llanto que lo empuja hacia el mar.
Suenan los árboles gastados de amargura:
son pájaros que aterrados buscan una pluma,
o se arrancan unas plumas
para curar la herida de un hombre,
de aquél que murió por defender sus nidos.

Quien busca el oro, busca la muerte.

Suenan los caminos
de charcos y de sangre ya cubiertos.
Y las entrañas de la tierra
mueven los ríos, las montañas y los mares.
Caen las hojas de los árboles tan viejos:
son pesadas lágrimas
que expresar no puede la tierra.

Quien busca el oro, siembra la muerte.

Exterminados quedan los caminos
aquellos que construyó el hombre acribillado.
El cadáver engendrará un árbol
y el árbol un hombre
para sembrar la paz en el camino
y proteger bajo la infausta lluvia,
la vida de los pájaros sin nido.

Quien busca la paz, busca el camino.

París, 10-6-09

sábado, 25 de abril de 2009

De: El huerto y el Olvido

Yo no soy otro que yo mismo. No sé si este amanecer me pertenece. Sin cuidado abro la ventana para ver el tiempo que hace afuera. Apenas me siento vivir y continúo, paso a paso hacia donde debe ser posiblemente mi fin o mi destino. Hay un pensamiento que me viene, me posee y me devuelve a la real circunstancia de mis ojos. Palpo mi existencia. La amargura de los días no me cuenta cómo he de saltar, evitar los obstáculos que me esperan. ¿Qué piedra o árbol distinguiré como única señal para encontrarte? Esta sed de tiempo me devora. Estiro mis brazos para alcanzar la rama que me salve y nada. Un día me ausentaré para siempre. Correré hacia los prados, hacia las dunas, hacia los mares. Buscaré el silencio y no lo encontraré. Mirando el alba me perderé en el crepúsculo del tiempo. Me olvidarán las hojas y no me olvidarán las raíces de las hojas. Yo no espero nada, yo no espero a nadie.

lunes, 6 de abril de 2009

La Sombra

La sombra en la sombra camina:
busca su hueco, su figura, su cuerpo.
Todos la miran, la espían con ojos transparentes;
la huyen y la buscan entre muros y desechos.
Suena un río, y en el río la sombra se detiene,
mira su rostro arrugado por la noche.
Ellos están ahí, siguiendo la sombra y su reflejo.
Unos van por la hierba, otros por el agua.
La sombra y el hombre son una huella:
habitan el tiempo y el olvido.
Todos gravan con esfuerzo su nombre.
Cansada la sombra cruza el calmado río,
lava sus atuendos en la orilla que buscaba.
Seca su rostro con ásperas arenas.
Ellos la miran y no le dicen nada,
ni gestos ni ruidos le procuran,
sólo quieren que se aleje,
entre la orilla y la niebla,
para comer tranquilos.
¿De quién será la sombra que allá camina?,
murmuran el viento y las hojas.
Ellos la huyen, la esquivan,
la empujan y la jalan por el nefasto día.
En el silencio de la noche
hay un camino que guarda los recuerdos;
otro, la sombras y los sueños.
Queda el tiempo y los restos
que dejando va la sombra en el camino:
una huella, un grito, un sueño.

París, 4-4-09